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Armando CaicedoArmando Caicedo
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Examen para Hombres de Verdad

Mi Columna Vertebral #657; © 2013

Hace un mes, mi médico me ordenó el examen.

- Pero doctor… -le supliqué con lágrimas en mis ojos.

- Aquí no hay “pero” que valga. Todos los hombres tienen que pasar por ese examen.

Ayer cuando me lo hicieron, pude comprobar que la profesión más desacreditada del mundo no es la de político, ni la de cobrador de impuestos. Es la de urólogo.

¿Cómo se detecta que un niño tiene vocación para urólogo?

- ¡Está goteando la llave del baño! –vocifera la madre.

- ¡Yo me pido arreglarla! –grita el escuincle- ¡Mamá, pásame una llave inglesa!.

¿Será que este imbecilillo demostró ahí su vocación para urólogo?

La respuesta es: ¡NO!

En la escuela tuve un compañero que siempre daba las quejas. “¡Profesor! Caicedo me está copiando mi examen” –chillaba el cretino.

En esa época, todos vaticinamos que el quejetas del Pilatos Pérez iba a estudiar para policía de tráfico, o para agente de aduanas, o para auditor de impuestos. Todos nos equivocamos. Pérez se graduó de urólogo.

Al arribar al consultorio, le pregunté a la enfermera de la recepción, en tono confidencial.

- Señorita ¿eso duele?

- ¡Tranquilo! El doctor que lo va a examinar tiene fama de tener estupenda puntería.

Apenas intentaba entender su respuesta, cuando tronó una voz de ultratumba. “¡Caicedo! Pasé al consultorio siete”.

Allí me esperaba una enfermera enmascarada, que sin más preámbulos, me ordenó: “¡Bájese los pantalones y colóquese en posición!”.

Me sentí a punto de ser fusilado por la espalda, sin la oportunidad de mirar de frente a mi verdugo. Como no vislumbré posibilidad de escapatoria, asumí manso la vergonzosa “posición de morir quisiera”.

En esos momentos pensé que para semejantes retos las mujeres están mejor preparadas. Ellas pueden salvarse en el último momento con disculpas como, “tengo dolor de cabeza”, “los niños pueden escucharnos” o “me llegó aquello”. En cambio a los hombres ni siquiera nos permiten quejarnos con la socorrida frase de: “¡Ay! Más pasito… que eso duele”.

El examen dura diez segundos, pero el dolor por la humillación permanece varios días.

Es que te embadurnan con gel como si trataran de embutir un frasco de mermelada en medio de dos tostadas.

De súbito, el galeno entra, y sin siquiera leerte tus derechos humanos, apunta y ¡Bingo!

¡Qué par de lagrimones se te escapan! Lo más humillante es que ni alcanzaste a saludar al galeno, ni le pudiste exigir: “Doc, hagámonos pasito…”

Cuando uno se da vuelta, el tipo ya ha desaparecido, y es cuando caes en cuenta que la pinta que cargas es de un ridículo subido: los calzoncillos los tienes a media asta y tu pirulín luce humillado.

La enfermera, en un acto de caridad cristiana te alarga dos pañuelitos kleenex para que te trapees, sin vergüenza, todo el área de candela.

- Súbase los pantalones y aguarde en la sala de espera.

Allá encontré a otros cinco pacientes, que portaban cara de verdaderos pacientes.

El silencio lo rompió el estúpido de al lado:

¿Le dolió?

Uno no sabe si posar de valiente y contestar “¡Noooo!”, o ser honesto y responder: “un poquito”.

El siguiente comentario fue el que me hizo sentir realmente infeliz:

- ¡Qué mala suerte para usted! Le tocó el urólogo Pilatos Pérez… que carga fama de tener la mano grande.

José L. Piatti NEGATIVISMO O POSITIVISMO
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