Armando Caicedo
Humor.US.com
Las malas palabras son muy “buenas”
"Mi Columna Vertebral" # 559 © 2011
Las malas palabras son muy “buenas”
Advertencia:
Algunas expresiones empleadas en esta columna podrían resultar ofensivas.
Entras a esta página bajo tu propio riesgo. Al hacerlo, reconoces que eres mayor de edad y que tu sentido de la vergüenza ya no se ablanda ni con tres hervores.
Si eres un adolescente que apenas está emplumando podrías ingresar, pero en compañía de un adulto responsable.
La primera palabrota que solté en mi vida, me salió (&34;#plop") espontánea.
Yo tenía cinco años, cuando me dejé llevar por mi curiosidad de explorador y metí el dedo en la llama de una vela…
- ¡X@!^$#+/x! –exclamé.
El eco de esta blasfemia apenas iba de ida, cuando la tía Filomena levantó una ceja (de ella) y enseguida una oreja (la mía) hasta colocar mis aterradas pupilas a la altura de las suyas.
- Se grita: "Virgen María", cretino, jamás ¡X@!^$#+/x!
Por haber gritado eso de ¡X@!^$#+/x! la vieja me condenó a hacer gárgaras con detergente.
Sospecho que la vieja debió arrepentirse. No por haber retorcido mi tierna orejita, sino por haber repetido eso de: ¡X@!^$#+/x! pues esa noche la escuché hacer gárgaras con el mismo detergente.
Es evidente: las "malas palabras" existen desde la época de las cavernas.
- ¡¡Cuidado güey con ese ¡X@!^$#+/x! dinosaurio!!
Todas las civilizaciones que nos antecedieron emplearon insultos, de tan pésimo gusto, que por pura vergüenza se negaron a dejar un registro escrito de ellos. Por esa razón, miles de las más hermosas blasfemias se han perdido.
Que un gesto o palabra posea la fuerza nuclear de ofender a alguien hace parte de un acuerdo -que se pacta- entre los miembros de una sociedad.
Un conductor ofendido porque lo cerraste en la autopista, sacará su mano por la ventanilla para mostrarte –erecto- su dedo del medio. Una vez te insulta, el tipo se tranquiliza.
¿Pero por qué no te muestra otro dedo: el meñique, el gordo, o el anular?
Elemental. Porque tanto tú, como él reconocen que el único dedo que posee la suficiente energía para ofender tu ego, es el del "medio".
Claro que existen cientos de otras palabrotas e interjecciones con las que el tipo te podría ultrajar, pero es que en todos los casos se requiere que el emisor y el receptor estén de acuerdo en los mismos códigos.
¡Qué peculiar contradicción! Hasta para insultarse hay que ponerse de acuerdo.
Si el agresor y el ofendido sospechan que conocen el significado de los mismos insultos, se ofenderán con generoso entusiasmo.
Pero para insultar no es suficiente hablar el mismo idioma.
Latinoamérica está compuesta por 22 Naciones separadas por una lengua común: el castellano.
Un insulto en Argentina puede ser un elogio en Puerto Rico. Una expresión ofensiva para los mexicanos podría ser divertida para los venezolanos. La palabrota de un dominicano en Nueva York quizás no tenga significado para un colombiano.
Pero las malas palabras también pueden ser "buenas".
Los neurólogos afirman que una mala palabra -gritada a tiempo- aumenta la tolerancia a un dolor subito.
Así se evidencia en las salas de parto, donde las mamás dan a luz tantas blasfemias que harían ruborizar de vergüenza hasta a un coronel golpista venezolano.
El 99.9% de los adultos estadounidenses que se machucan con un martillo neutralizan su dolor gritando maldiciones que empiezan por "F…" En Latinoamérica existen muchas expresiones anestésicas, una muy usual comienza por "co" y casi siempre termina en "'ño".
Así que la próxima vez que sientas dolor súbito ante un acto de discriminación, o ante los abusos del sistema financiero, te recomiendo este recursivo analgésico verbal: ¡X@!^$#+/x!
(Esa palabrota la puedes repetir gratis y te garantiza temporal alivio emocional, sin efectos secundarios)
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